CARMESÍ

Esta noche, mamá llorará ante ustedes, sus lágrimas serán un desahogo de todo el dolor y tristeza. Su corazón es testigo de un sinfín de vacío que tiene desde que partieron.

Le hubiese gustado darles un beso por la noche en su frente y que durmieran tranquilamente.

Hubiese querido verlos jugar y no estarles cambiando unas veladoras, darles regalos en Navidad y no poniendo una ofrenda cada 2 de Noviembre.

Hubiese querido que ese maravilloso brillo calmara su ansiedad, estrés y dolor en lugar de llorar en silencio dentro de su alma todos los días.

Le asusta la idea de no ser buena madre, de no estarlos cuidando como debería.

Y de manera sin igual, esta noche me miro al espejo y veo a esa mujer que perdió a sus dos hijos muy rápido. Veo a una mujer que cada día se levanta de la cama, se baña y se arregla para ir a trabajar. Veo a una mujer que sin maquillaje y con un gran sufrimiento se pone en pie porque profesa una religión de amor hacia la divinidad de sus hijos, la cual es más grande que el dolor.

Hoy me encuentro con una mujer llena de valor, amor, dulzura y fuerza que ha decidido luchar por ella y por sus hijos.

Esa mujer, soy yo. Seré devota a ustedes aún cuando mi cuerpo quede en este plano, porque les diré hijos míos, el amor de una madre por sus hijos es interminable, es más fuerte que un diamante, brilla más que el sol y hace de lo imposible algo tangible.

Así mi vida dure 1 hora o 1000 años, mi corazón siempre les pertenecerá.

«Un día a la vez»

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