Con mis pegados al suelo, admiro las bellezas del día a día, un atardecer hermoso, el viento rozando mi cara y a las personas yendo de un lugar a otro, caminando con apuro.
Desde ese día me pregunto «¿Qué valdrá tanto como para que no admiren la naturaleza?».
La vida es tan fugaz que no nos damos cuenta de que el sentarse a admirar una flor es tan significativo como el trabajo o la escuela.
Y así, bajo la sombra de este árbol, hoy les digo hijos míos, ustedes serán testigos de mi asombro por aquellas montañas de compasión y dulzura que pueden apreciarse diario.
Un día a la vez